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La magia del Momento Literatura Poemas

Estallido

Con la dimensión de las manos,
acunando a un guiño, 
sosteniendo la ostia;
el redondeo de tu cuello,
reconozco la vida de la ciudad.

La primera hendidura, piel
la segunda, deseo.

El infante estira la mano
pero no alcanza a tocar, muerde,
la distancia de las cosas es vasta,
devora hasta el origen de tus tormentas.

¿Cómo se mide el miedo con el que
choca en las aceras la ciudad?

A media noche 
el tiempo va a otra dimensión, 
donde a veces  encuentra una salida.
Minutos antes de morir 
llega al primer paso, la vida entera.
Y ya es hora de desaprender 
lo aprendido.

Esta nueva letra 
sabe acariciarte el rostro, 
experta en la geología de la epidermis, 
con sus capas sensoriales, disemina
la intensidad con que te toca.

¿Cuántos años viajan en su vientre?

Siglos, de por medio ciudades y metrópolis, 
glaciares, galaxias subterráneas estallan,
 con solo tomarte de la mano y saltar a la rayuela,
 juntos.



Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red
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Escribir con agua


Estoy sin palabras< 
solo tengo agua en las manos.
Solemos dejarla gotear mis manos y yo,
Gozamos al sentir como resbalan 
gotas indefinidas
de forma tan definitiva.
Yo cuento sin contar el goteo en el 
piso.

Al mismo tiempo,  
tú y yo estamos callados
en la habitación contigua. 
Nos miramos incesantemente
los labios.
Mientras las manos cuentan historias 
para calmarnos la distancia.

Yo sigo aquí sin saber porqué.
Me hace sonreír la gotera en la habitación,
nos abrazamos, arrecia la lluvia.

Nuevamente lleno la tinaja 
hasta el borde.
Intento agrandar el hueco 
del agua derramada,
es tan clara.
Pero la mano, en un acto inesperado
se olvida del cristalino vaso, y prófuga
limpia algo en la comisura de tu boca,
donde otra gota estalla.

Se  oye como si vaciaran agua.
El goterón desaparece.
Luego haces que me siente en la bañera
miras escurrir el agua tibia en mi pecho.
-Yo sigo sin palabras-


Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red

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Viento el desierto

Quería volver a casa;
por veinte años ha querido volver.
Pero perdió los pasos
y el viento borró sus huellas.

Ahora hay solo arena,
grandes dunas de distancia
y arena, montañas de arena
alrededor de la arena.

¿Dónde están sus pisadas?
en tierra de nadie contra el tiempo.
Lo que se escucha alrededor
es sólo viento.

Viento el pájaro que canta
viento la luz y el regreso,
viento el espejismo del agua,
viento sin ella,  sus pasos.


Beatriz Osornio Morales, imagen de la red
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Junio

Junio es un lugar muy callado; no se necesita aguzar el oído para interceptar las voces del árbol, el insecto habita la casa (Kafka debió escribir la Metamorfósis en Junio y no en septiembre) y los automóviles transitan la sala. El hastío del verano de Ray Bradbury trae carruseles y la música del camión de los helados huele a algodón de azúcar.

No se tiene siquiera que descorrer las cortinas para ver y estar allí. Pero he intentado gritar en Junio, cantar alto, y cada vez que lo intento, los decibeles se vuelven murmullos, como cuando alguien te dice un secreto al oído y tú prometes guardarlo para siempre. Exacto,  justo así.

B.O.M . imagen de la red.

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Los efectos de la distancia

Tengo una felicidad tan concurrida, que seguramente esta noche García Marquez se regocija en la tumba.

Mañana estamos de viaje nuevamente. La mitad de la travesía ha transcurrido, y hemos sobrevivido al ajetreo de la carretera.

Queda una última noche, una de tantas noches en que he escrito el adiós sin ponerle nombre.

Me gustó Kissimee, es un lugar cool cerca de Orlando a pesar del calor; volvería si estuviera a la vuelta de la esquina. Pero es tan remoto del noreste que me parece increíble estar aquí, y estar ebria de millas,  a punto de partir más al sur, me produce un vértigo desbordado, casi clínico. Pero quizá solo se trate de los efectos de la distancia, esa rara enfermedad que nos ata a la pata de la cama, el único lugar seguro.

Ya sé que tú me recuerdas andariega, pata de perro, incansable de viajar, pero la distancia se ha convertido en mi criptonita, y hoy estoy sintiendo los efectos anticipadamente.

La felicidad es de acuerdo al antídoto, de estar más próximo el regreso. Nunca pensé que anhelaría regresar a casa, y que ese anhelo me produciría esta felicidad  concurrida. Las sábanas parecen más blancas, las cortinas lucen perfectas en sus pliegues dorados, con pequeños bloques de color café claro. Hasta la alfombra oscura con detalles claros proyecta considerable limpieza. Quizá ni las paredes están impecables, ni las sábanas pulcras; la felicidad es cosa de ésta ebriedad, felicidad que se duplica en las palabras.

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B.O.M. imagen de la red

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Después del humo

No sé  cómo llegue hasta aquí.
Me encuentro en la zona del índigo, 
al parecer mientras fumaba,
un cometa arrastró mis sueños,
y mi delirio, 

en esta campana de resonancias frías
de abedul nocturno,  amor partido, 
el humo se extingue y el aire va clareando poco
a poco, tirando al azul de su transparencia. 

Ahora puedes ver que el índigo 
también es parte del arco iris 

Beatriz Osornio Morales . Imagen de la red.
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Sol Verdadero

Cuando volteo hacia adentro

reconozco la poesía,

se parece un poco a ti

(algo divino) y a la esquizofrenia del amor.

No te sorprendas si escuchas voces

de la nada,

¿Acaso no tiene mi dulce voz? ¿la nada?

a esto hemos llegado.

Ayer a la hora del café

descubrí el escondite de tus ojos

y no sabes cuanta nostalgia sentí,

cuán cálidos me miraron.

Al darse cuenta del extravío

que formula cada día

recurrieron al puente,

qué locura

dices.

hay puentes que separan

como el salto de esta línea que

estalla                    se rompe y

se une  en las  palabras,

y sin embargo,

es el mismo río que lleva a ti

como los todos los caminos

que conducen a Roma.

A veces

cuando miro hacia adentro

solo hay oscuridad,

tu voz no tiene cara

es un sol negro tu voz,

poderoso e inmenso

sol sin cielo

ni vacío, 

sol inexistente,

dentro de mi

verdadero.

Beatriz Osornio Morales

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Amatoria

Cómo enamorar a mi amante - los mejores consejos

En la frontera de mi vida hay un laberinto, donde reside una como voz queda del mar;  la sal y el agua dulce que bebí en sus orillas,  dice que las del río no son fronteras sino caminos.

Recuerdo que una vez nos encontramos allí, hablando a su vera,  tomados de la mano bajo las frondas de la primavera.

Recuerdo el mar- me dijo, mientras se paraba frente a mí para entrar en mis ojos “¿Oyes el mar tan lejano a estas  alturas sobre el nivel del mar?”  con seguridad en aquel momento, con él dentro de mí, escuche la marea del mar llamándome en sus ojos. Allí, nos besamos por primera vez con el cielo entre los labios. Desde entonces me llama cielo, nos tendemos en la hierba cada vez más cerca, y uno dentro del otro, nos reconocemos.

B.O.M.   prosa poética. Imagen de la red.

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Sin tregua

Animales mágicos – Grabados – Uli Martínez

La noche recién llegaba y el cielo era un lienzo marino con luminiscencias estelares.

Después del concierto de pirecuas y danzas regionales de Michoacán, recogimos a mi madre en su trabajo. En el aire se corría una brisa primaveral. El parque cercano al hospital parecía más tupido bajo las penumbras de la noche que a la luz del día.

Antes de subirnos al auto, Flor admiraba con curiosidad como yo acariciaba las mejillas de mi madre, y pretendía dibujarle el rostro mientras la llamaba “Elvis” como el rocanrolero. Mi madre está acostumbrada.

-Es mi madre ¿No?- bromee advirtiendo la sonrisa de Flor bajo la luz ámbar de los faroles encendidos. Quizá piensa que soy un niño mimado.

En el carro Flor se esforzó por mantener una conversación amena con Elvis. Me pareció buena excusa que yo hacía poco había sacado mi licencia de manejo, y requería de concentración en la carretera, para dejar que ellas empezaran a conocerse mejor.

Al llegar a casa, Elvis le ofreció una taza de té, ritual de cortesía en su persona, aunque con Flor mi madre siempre ha demostrado más que cortesía. No es que se hayan visto muchas veces y sean buenas conocidas, por el contrario, pero le he hablado a mi madre de Flor, eso influye, como en los casos en que de tanto que te hablan de una persona le vas tomando cariño. A veces pienso que mi madre siente pena o empatía por Flor. Yo no soy muy bueno en mantener relaciones amorosas por largo tiempo, no sé porqué casi siempre termino hiriendo a alguien, dicen que es mi falta de atención y consistencia, yo lo atribuiría más a lo segundo. Atención y cariño doy a manos llenas y Flor no me dejará mentir, consistencia es lo que me falta, simplemente la vida es tan vasta que entre grabar y vivir… Muchas relaciones se desgastan y cuando eso pasa, no hay más que hacer. Sin embargo, creo que con Flor es distinto.

Luego del té subimos al estudio. –Después de ti- dije, y la seguí por la escalera de madera. Observando su figura pequeña y sus piernas bien definidas bajo la falda corta, sin mencionar una palabra, me sentí contento. En el estudio le enseñe los grabados más recientes y algunas pinturas que he hecho por encargo. Entre juego y juego, nos calentamos. Le di a escoger un grabado sin enmarcar, más bien aclare que el de las manos era el que había pensado regalarle (-como siempre has dicho que te gustan las manos) El gesto inesperado la tomó por sorpresa, se quedo sin palabras, sólo me miró con sus ojos grandes café claro, como si quisiera decir algo que nunca antes había dicho, me miró hondo, y yo no pude resistir esa mirada… La bese, la bese de mil formas. Luego le vendé los ojos con mi bufanda hippie. Acaricié sus manos mientras jalaba su cuerpo haciéndolo girar con una gracia exquisita. Le abrace la cintura por la espalda. Al

principio había resistencia y nerviosismo de su parte, pero poco a poco fue desapareciendo. La gire nuevamente, nos besamos en su ceguera, nos deshicimos en su entrega nunca antes total, nos re hicimos en sudor indeleble contra la pared. Podría haberla comido. Fue una noche sin tregua que inventamos con nuestros cuerpos húmedos, esa noche quedó grabada como una veta más en la madera que viste el estudio.

Unos ruidos subiendo la escalera nos hicieron saltar a la realidad: ¿Preparo café? gritó Elvis sin llegar al estudio. –¡Elvis y su cortesía!- Murmuré. –No, ¡gracias Elvis! respondí sin alejar mi cara de la suya. Por suerte, Elvis no se asomo, creo que lo hizo por precaución de no encontrarse en una situación incómoda y bochornosa.

Cuando salimos a la terraza la noche estaba estrellada. Le abrace por detrás (su abrazo favorito) y no sé porqué me invadió una nostalgia del pasado. Ella estaba callada y simplemente escuchaba. “Cuando yo era niño, mis padres solían organizar fiestas familiares a las que invitaban amigos. Tomaban mezcal y tocaban música tradicional en un viejo toca discos, música como la de Bola Suriana. A veces bailaban y a mí me gustaba mucho verlos bailar porque eran felices” Ella no dijo nada, sólo me apretó las manos con la empatía de quien sabe que las nostalgias del pasado, solo se comparten con aquellos seres más cercanos a nuestra alma. Luego de un silencio prolongado, dijo que debía marcharse, era tarde.

Entramos al estudio y recordé que el fin de semana anterior había sido Domingo de Ramos, le había traído una ollita de cerámica verde de Uruapan. Siempre me gustaron las vasijas y artesanías que hacen en esa región, con relieves como si estuviesen hechas de cactus. Cuando la vi pensé en Flor y la compré. “Tengo algo más para ti, mira” me beso con un extraño desgano, quizá cansancio. –Retomando lo de las manos- dijo -son tus manos las que me gustan…no me gustan, me enloquecen y odio marcharme, pero ya es hora”

En la sala estaba mi padre, ella saludó, él contesto secamente y con una expresión de insolencia, era evidente que había estado tomando. Lo que pensé. “¿Y qué estuvieron haciendo arriba?” preguntó en tono agrio. A pesar de mi vergüenza no conteste. Con el nerviosismo Flor dejo caer la tapa de la ollita al piso, por suerte solo sufrió despostilladuras. Recogimos la tapa y nos marchamos. De camino a su casa Flor no paro de disculparse por el incidente de la olla, mientras yo sólo quería repetir nuestra noche de perfección sin tregua.

B.O.M. Imagen de la red.