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De Sus Sueños Fantasy Literatura Micros

Mirando el reloj

Hay un gato en mi buró. 

Se la pasa

lamiendo los pelos y los bigotes

en el tiempo.

¿Lo habré imaginado?

Se tira de espaldas

y siento que tira el tiempo del reloj.

Su flexibilidad felina 

es escurridiza,

no puedo quitarle los ojos

de encima al tiempo.

Beatriz Osornio Morales, imagen de la red

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Cuenteando Fantasy Literatura Micros

El pasamanos

El pasamanos 

Seco está esto de pasar las manos por el blanco de la hoja, para sostenerse y no caer de narices en el siguiente escalón. ¿Recuerdas cuando te caíste?

Te habían dejado a mi cargo la vida y los supervisores. Aún los veo instruyéndome: Asegúrate que se agarre bien del pasamanos ¿Qué difícil puede ser eso?

Te agarraste al principio y yo me confíe. Me di la vuelta para ver donde ponía yo el paso, esperando que te mantuvieras agarrado firmemente del pasamanos, pero casi enseguida, oí el traspíe. 

Era el segundo escalón cuando oí lo que sucedió, apenas tuve tiempo de voltear y no alcance a agarrarte. Te alcance ya en el piso, claro que lo primero que quise hacer fue levantarte, tú eres testigo, pero eras pesadito; no tanto como la caída que acelera la velocidad con el peso, y en bajada el peso es más pesado. Sentí que te agarraba y no podía sostenerte, evidentemente tu peso era mayor a ti y a mí juntos.

Luego vi el rostro, tu rostro alcanzar el piso, y tus lentes de armazón rojo desarreglados, más tarde nos dimos cuenta que se habían raspado un poco, pero los lentes son lo de menos. Ahora entiendo la caída cuando es definitiva.

B.O.M. Imagen de la red

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Sin tregua

Animales mágicos – Grabados – Uli Martínez

La noche recién llegaba y el cielo era un lienzo marino con luminiscencias estelares.

Después del concierto de pirecuas y danzas regionales de Michoacán, recogimos a mi madre en su trabajo. En el aire se corría una brisa primaveral. El parque cercano al hospital parecía más tupido bajo las penumbras de la noche que a la luz del día.

Antes de subirnos al auto, Flor admiraba con curiosidad como yo acariciaba las mejillas de mi madre, y pretendía dibujarle el rostro mientras la llamaba “Elvis” como el rocanrolero. Mi madre está acostumbrada.

-Es mi madre ¿No?- bromee advirtiendo la sonrisa de Flor bajo la luz ámbar de los faroles encendidos. Quizá piensa que soy un niño mimado.

En el carro Flor se esforzó por mantener una conversación amena con Elvis. Me pareció buena excusa que yo hacía poco había sacado mi licencia de manejo, y requería de concentración en la carretera, para dejar que ellas empezaran a conocerse mejor.

Al llegar a casa, Elvis le ofreció una taza de té, ritual de cortesía en su persona, aunque con Flor mi madre siempre ha demostrado más que cortesía. No es que se hayan visto muchas veces y sean buenas conocidas, por el contrario, pero le he hablado a mi madre de Flor, eso influye, como en los casos en que de tanto que te hablan de una persona le vas tomando cariño. A veces pienso que mi madre siente pena o empatía por Flor. Yo no soy muy bueno en mantener relaciones amorosas por largo tiempo, no sé porqué casi siempre termino hiriendo a alguien, dicen que es mi falta de atención y consistencia, yo lo atribuiría más a lo segundo. Atención y cariño doy a manos llenas y Flor no me dejará mentir, consistencia es lo que me falta, simplemente la vida es tan vasta que entre grabar y vivir… Muchas relaciones se desgastan y cuando eso pasa, no hay más que hacer. Sin embargo, creo que con Flor es distinto.

Luego del té subimos al estudio. –Después de ti- dije, y la seguí por la escalera de madera. Observando su figura pequeña y sus piernas bien definidas bajo la falda corta, sin mencionar una palabra, me sentí contento. En el estudio le enseñe los grabados más recientes y algunas pinturas que he hecho por encargo. Entre juego y juego, nos calentamos. Le di a escoger un grabado sin enmarcar, más bien aclare que el de las manos era el que había pensado regalarle (-como siempre has dicho que te gustan las manos) El gesto inesperado la tomó por sorpresa, se quedo sin palabras, sólo me miró con sus ojos grandes café claro, como si quisiera decir algo que nunca antes había dicho, me miró hondo, y yo no pude resistir esa mirada… La bese, la bese de mil formas. Luego le vendé los ojos con mi bufanda hippie. Acaricié sus manos mientras jalaba su cuerpo haciéndolo girar con una gracia exquisita. Le abrace la cintura por la espalda. Al

principio había resistencia y nerviosismo de su parte, pero poco a poco fue desapareciendo. La gire nuevamente, nos besamos en su ceguera, nos deshicimos en su entrega nunca antes total, nos re hicimos en sudor indeleble contra la pared. Podría haberla comido. Fue una noche sin tregua que inventamos con nuestros cuerpos húmedos, esa noche quedó grabada como una veta más en la madera que viste el estudio.

Unos ruidos subiendo la escalera nos hicieron saltar a la realidad: ¿Preparo café? gritó Elvis sin llegar al estudio. –¡Elvis y su cortesía!- Murmuré. –No, ¡gracias Elvis! respondí sin alejar mi cara de la suya. Por suerte, Elvis no se asomo, creo que lo hizo por precaución de no encontrarse en una situación incómoda y bochornosa.

Cuando salimos a la terraza la noche estaba estrellada. Le abrace por detrás (su abrazo favorito) y no sé porqué me invadió una nostalgia del pasado. Ella estaba callada y simplemente escuchaba. “Cuando yo era niño, mis padres solían organizar fiestas familiares a las que invitaban amigos. Tomaban mezcal y tocaban música tradicional en un viejo toca discos, música como la de Bola Suriana. A veces bailaban y a mí me gustaba mucho verlos bailar porque eran felices” Ella no dijo nada, sólo me apretó las manos con la empatía de quien sabe que las nostalgias del pasado, solo se comparten con aquellos seres más cercanos a nuestra alma. Luego de un silencio prolongado, dijo que debía marcharse, era tarde.

Entramos al estudio y recordé que el fin de semana anterior había sido Domingo de Ramos, le había traído una ollita de cerámica verde de Uruapan. Siempre me gustaron las vasijas y artesanías que hacen en esa región, con relieves como si estuviesen hechas de cactus. Cuando la vi pensé en Flor y la compré. “Tengo algo más para ti, mira” me beso con un extraño desgano, quizá cansancio. –Retomando lo de las manos- dijo -son tus manos las que me gustan…no me gustan, me enloquecen y odio marcharme, pero ya es hora”

En la sala estaba mi padre, ella saludó, él contesto secamente y con una expresión de insolencia, era evidente que había estado tomando. Lo que pensé. “¿Y qué estuvieron haciendo arriba?” preguntó en tono agrio. A pesar de mi vergüenza no conteste. Con el nerviosismo Flor dejo caer la tapa de la ollita al piso, por suerte solo sufrió despostilladuras. Recogimos la tapa y nos marchamos. De camino a su casa Flor no paro de disculparse por el incidente de la olla, mientras yo sólo quería repetir nuestra noche de perfección sin tregua.

B.O.M. Imagen de la red.

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Festividad en marzo

…Y está este centro, que podría bien ser una orilla del recuerdo, o de la constante ausencia con cara de abandono que rehuye los espejos.

Le han colgado adornos del Día de San Patricio. Ahora luce festivo, así que parece imposible imaginar que no sea éste el centro, el centro de todo, el centro del día en su defecto.

Un día con destellos y escarchas verdes en distintos tonos, leí algo que señalaba hacia el poniente. Me sorprendió ver las moscas atrapadas entre la cortina y el cristal de la ventana: el esfuerzo que tomará limpiar la porquería, para poder ver el crepúsculo que avanza en el poniente.

Con todo y la porquería, y el vacío que deja el abandono, éste es un buen lugar, flota en el aire como un puente colgante en la temporalidad.

Los monitores lucen tan brillantes como cuando estábamos en el otro edificio, ahora está en remodelación y parece una ciudad en ruinas, pero pronto, unos sólidos edificios se  erigirán de la demolición.

Por primera vez en mucho tiempo, marzo no es el mes más triste del recuerdo.

B.O.M.

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Cuenteando Fantasy Literatura

El milagro de la luz

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Erase una vez un niño cuyo nombre hasta la fecha se desconoce, y quizá no tenga importancia por razones que ya iremos explicando conforme vamos contando la historia.

Llego una mañana con el sol, literalmente.

La alarma que el hecho causo en los habitantes de la campiña, creció al final del día. Pues no se ve a diario el sol andando al lado de los humanos, y en apariencia, el muchacho era todo humano.

Pero antes de adentrarnos en la tensión que corresponde más bien a otro momento, creo que es necesario referirnos al distintivo comportamiento del niño a la hora de su llegada.

Llamó con unos golpecitos en par y sencillos a la puerta de doña Gela, la anciana que dicen quedó ciega por culpa de haber visto directamente un eclipse de sol en sus años mozos. Al escuchar el golpeteo que más bien sonaba como tamborileo en la puerta, doña Gela se levantó con dificultad de su silla. Ante la tardanza el niño mostró impaciencia, convencido de que la impaciencia es cosa natural en los niños, volvió a tamborilear los nudillos de la mano en la desvencijada puerta, ahora el doble de veces.

-¿Quién está tocando música en mi puerta? se aventuró a gritar la mujer

-Pensé que no me había hecho oír la primera vez… como tarda en abrir- contesto el niño.

-Pues soy muy vieja para correr, mis piernas no me ayudan y mis ojos, mis ojos, todo el mundo sabe lo de mis ojos.

-Aaaah! no todo el mundo. Yo no sé nada de sus ojos.

-¡Es un decir! ¿Qué se le ofrece, quién es usted que insiste en llamar a mi puerta?

-¿Y no piensa abrir? tenemos hambre mi amigo y yo- increpó el muchacho.

Doña Gela abrió la puerta refunfuñando, no le hacía feliz abrirle a un extraño pero peor sería dejar a un hambriento con hambre. Es una costumbre en la campiña mostrar hospitalidad a los viajeros pero sobre todo, en la medida de las posibilidades de cada quien, alimentar a los hambrientos.

La anciana corto dos trozos de pan y se los entregó al niño, haciendo señal de que podía sentarse donde encontrase lugar “¿Y, quién es tu amigo?” inquirió la anciana, estirando el brazo para tentalear su silla y sentándose con esfuerzo. “El sol” contestó a secas el muchacho que devoraba ambos trozos de pan. La anciana actúo como si no hubiese escuchado la respuesta. “Pan y leche, es todo lo que tengo” dijo, sin explicar que a veces los vecinos le traen comida ya preparada. Se trata de una comunidad solidaria como dije antes.

El tiempo que el niño estuvo dentro de la casa de doña Gela, el sol se cubrió de nubes pesadas, tanto que los vecinos empezaron a hacer preparativos por si caía la tormenta, guardaron la ropa de los tendederos, las vainas de frijol que tenían secando tendidas en los cercos de piedra, era mitad de noviembre, la cosecha del maíz había comenzado…

Cuando terminó de comer, el niño se levantó.

-Bueno, pues muchas gracias- dijo, dirigiéndose a la anciana.

-Tu amigo es muy callado- inquirió ésta sorprendida de que en todo el tiempo que estuvieron sentados a la mesa, había escuchado solamente la voz del niño.

– No es eso- aclaró el muchachito.

– oh?

– Lo que pasa que sus palabras son de luz.

Entonces se oyó un ruido sordo que al parecer venía del techo. La anciana se levantó asustada, tanteando aquella ráfaga de luz que la encandilaba y no le permitía ver nada. Tardó unos momentos para registrar en su mente lo que estaba ocurriendo: Podía ver. ¡Cómo podía ser! debía haber alguna explicación. Buscó al niño pero no lo halló por ningún lado. Salió a la aldea con la esperanza de encontrarlo, pero nadie supo decirle de su paradero. Los comuneros lo habían visto llegar solo y llamar a la puerta de Doña Gela, sin embargo, nadie lo vio salir.

Desde entonces Doña Gela puede ver sin problemas, y cuando los demás preguntan cómo recobró la vista, ella simplemente responde que habló con la luz.

B.O.M. imagen de la red