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Sobre una sinfonía de amor

Quisiera escribir una sinfonía de amor, a estas horas en que la luz apaga el silencio, también oscurece aquí. Ante la dureza de concreto con que desafían los temblores el alma, ante eso ¿Para qué servirían las frases de amor?

Se me ocurre que como decía el bueno de Jaime, las frases de amor sirven para quemarse. No me importaría quemarlas con tal de que el crujido que hacen las cosas al quemarse, alumbraran el silencio, éste acicalado silencio cuando cae la tarde, después del sismo y del puño levantado en vano. Más de trescientos muertos, más de trescientas veces en que el puño debió permanecer levantado.

Las frases de amor están muertas esta noche; las que no, convalecen por la pérdida y el peso del dolor, más que nada, por mis asonancias. 

Pero ya no quiero escribir así. Como están las cosas, escribir cualquier cosa sería bueno para apachurrar el cayo en los dedos, para despertar esa vida interior que ha sido mi única esperanza; las demás palabras, las que se hablan, las que no se escriben, son palabras de molde, prefabricadas, piel endurecida y hasta muerta. Yo pensaba que era posible inventar en el momento, inclusive lo experimenté muchas veces al escribir. Y solo porque hoy no puedo yo, no significa que usted o cualquier otro tampoco pueda.  Estoy segura que el mundo se renovará escribiendo la perfecta sinfonía de amor.

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Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red

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El juego de la búsqueda

Monet en Giverny: un paseo por el estanque de las ninfeas - líneas sobre  arte

Amigos de la pluma y el lápiz, ya es septiembre y yo apenas puedo sugerir un juego. Llegó el Covid a mi casa y con todo lo que eso implica, no queda tiempo de ninfear o de cavilar. Algunos dicen que si te da covid tienes tiempo de sobra, excepto, cuando eres la madre y esposa, es una vil mentira. No hay tiempo de nada.

En este momento escribo por la necesidad de ordenar la mente y para no pensar barbaridades. No estoy inspirada y con mucho trabajo puedo ubicar ideas como en el juego de las escondidas,  a mí es a la que me toca hacer la búsqueda, tengo que perseguir cualquier movimiento o destello de la mente.

A veces los destellos son simultáneos e inaprensibles. Me quedo deslumbrada por el rayo instantáneo del movimiento. Creo oír un trueno, pero cuando volteo hacia las nubes grises, el cielo está claro, ni una borrasca irrumpe ese infinito.

Los destellos del pensamiento se suceden unos a otros, en cambio, al que piensa le parece que se intercalan, saltando con cierto anacronismo, sin ninguna secuencia razonable, ese es mi caso. La velocidad es vertiginosa y los pensamientos quedan inconclusos en la razón. La mano más veloz en la escritura, es demasiado lenta para copiar fielmente las ideas de esa cámara sin dimensiones que es la mente.

Pero aquí estamos en la pesquisa, más por juego que por buscar algo concreto.

Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red

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Desarraigo

Me he desligado de gente importante. Hace tiempo que empezaron las desavenencias y los desacuerdos. Siempre pensé que existían las diferencias entre las personas y yo, el mundo y yo, el gobierno y yo, la familia y yo, la religión y yo,  los amigos y yo, incluso entre mí (el mí de para…) y yo.

También pensaba que era posible compaginar, acercarse (afectivamente) a pesar de las diferencias, y por qué no, si los humanos somos entre muchas cosas, si no amables, queribles, lo sé, ese adjetivo no existe en el diccionario, pero existe en la realidad.

La verdad no puedo señalar (en la mayoría de los casos) una razón específica para el distanciamiento. Supongo que tarde o temprano la distancia física, las millas han hecho de las suyas. Dos o tres veces influyó la política de forma directa o indirecta, aunque en muchos de los casos, la influencia política pudo ser circunstancial, de mutaciones mucho más imperceptibles y ésta,  fue sólo el detonador.

Hemos cambiado, hemos crecido, hemos vivido, hemos madurado y no siempre de la misma forma. También nos hemos roto y nos ha tocado recoger las piezas y reacomodar el yo.

Por momentos me duele el desarraigo con amigos que fueron entrañables, y que en mí aún representan la amistad, a pesar de la distancia y las diferencias. Pero creo que es necesario crecer, seguir creciendo nuestro propio tamaño, andar yo mis pasos y ellos los suyos. Seguir la trayectoria de los sueños propios, puede suponer virar el timón. 

Otras veces, ese desarraigo me produce el alivio de levantar el ancla, y navegar con peso ligero bajo las estrellas.

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Los efectos de la distancia

Tengo una felicidad tan concurrida, que seguramente esta noche García Marquez se regocija en la tumba.

Mañana estamos de viaje nuevamente. La mitad de la travesía ha transcurrido, y hemos sobrevivido al ajetreo de la carretera.

Queda una última noche, una de tantas noches en que he escrito el adiós sin ponerle nombre.

Me gustó Kissimee, es un lugar cool cerca de Orlando a pesar del calor; volvería si estuviera a la vuelta de la esquina. Pero es tan remoto del noreste que me parece increíble estar aquí, y estar ebria de millas,  a punto de partir más al sur, me produce un vértigo desbordado, casi clínico. Pero quizá solo se trate de los efectos de la distancia, esa rara enfermedad que nos ata a la pata de la cama, el único lugar seguro.

Ya sé que tú me recuerdas andariega, pata de perro, incansable de viajar, pero la distancia se ha convertido en mi criptonita, y hoy estoy sintiendo los efectos anticipadamente.

La felicidad es de acuerdo al antídoto, de estar más próximo el regreso. Nunca pensé que anhelaría regresar a casa, y que ese anhelo me produciría esta felicidad  concurrida. Las sábanas parecen más blancas, las cortinas lucen perfectas en sus pliegues dorados, con pequeños bloques de color café claro. Hasta la alfombra oscura con detalles claros proyecta considerable limpieza. Quizá ni las paredes están impecables, ni las sábanas pulcras; la felicidad es cosa de ésta ebriedad, felicidad que se duplica en las palabras.

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También está un te quiero

Lo que ves es lo que hay, lo que hay es lo que ves, dicen.  El problema es la mentira que encierran esas palabras. Si fueras pinocho, tu nariz esta mañana tocarìa California, y mira que está lejos. 

Hay un mapa en la pared, pero es solo una mancha vista desde el otro lado.

Tambièn hay una laptop en el escritorio, mi lunchera, un poster de Dr. Seaus que lee “Kid, you`ll move mountains” y el periódioco que acabo de poner allí nada más aventado, con  las historias sin leer aún.  No es mucho lo que veo, pero estoy yo también,  no me veo a mí misma, alguien más tendría que verme aquí,  sentada escribiendo con una pluma prestada, un sueter negro de tres cuartos de manga, el pantalón rosa coral y zapatos negros; eso es lo que ves tú, yo lo sé porque  fue lo que escogí ponerme hoy, pero aquí y ahora solo tú me ves. ¿No es raro?

Y esa, es solo una pequeña parte de las mentiras que se ocultan en la frase de “lo que hay es lo que ves, lo que ves es lo que hay” y el truco de los ojos o la realidad escurridiza que no se compromete a ser corroborada. Te quiero también existe en el mismo cuadro, espero que lo veas. 

Del otro lado de la pared te veo con mi oído. Hablas con alguien que no distingo, podría ser Rahe. Te distingo a ti,  porque te vi hace rato en el área común, veo tu camisa salpicada de verdes y magenta, y tu pantalón verde petróleo. Oigo tu voz que se esconde en murmuraciones, me dice que estas hablando en voz baja, y veo esos ojos tuyos que abres más cuando hablas que cuando escuchas. Te miro con mis oìdos y te conjugo con un te quiero que se esconde en la necia invisibilidad.

Beatriz Osornio Morales. Vídeo de la red

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hubo días

De camino a este día, hubo otros días que lo hicieron  lo que es; un día de voces altisonantes, copos de nieve y nubes grises. Hubo días inciertos donde nada salió según los planes, ni nosotros mismos fuimos la felicidad; y a pesar de todo, sobrevivimos con la fuerza necesaria  para llegar a hoy.

Hubo días felices en los que mirar por la ventana era enamorarse del otoño, en los que  manejar en la carretera era experimentar la perspectiva de la hojarasca. Rendimos la voluntad ante  la belleza; son días innombrables por el color  y el contorno agudo del viento, uno quiere quedarse así para siempre, un matiz más del otoño, porque aun no llega el invierno, ni la nostalgia por el verano. Se saben por default pero entre más se tarden, mejor.

Hubo días sonoros, de risas y música que aun me hacen bailar y sonreír en este día gris, altisonante. La tensión solo necesita la orden de fuego para desquiciarnos,  o para lanzarnos con más fuerza al salto suicida del invierno. Si logramos cruzar al otro lado del invierno, habrá días que han hecho un trayecto, y este día sólo es un día más en el camino.

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Entre la mañana y la tarde

Aun las frases quebradas son indicación de que hay algo vivo aquí, donde todo estaba inerte, sumido en el silencio. Después de todo no fue imposible jugar a las palabras, hacerlas salir y entrar por una ventana mediocre, pequeña para el tamaño del edificio, por donde solo una esquina de techo y pared con la oscura fronda de las coníferas, entran en esta mañana nublada donde muchos sin saber, estamos instalados. Los alambres de la electricidad dividen el paisaje en cuentas horizontales que también se cruzan a medias con las palabras. Pero una lámpara apagada en el poste y otra incrustada en la pared del edificio, son los únicos elementos que entran completos en el marco del ojo. Afuera todo parece escueto,  aquí adentro, la vida bulle de salón en salón, provocando mis nervios al punto de una emoción creativa cada minuto más irresistible; observar es siempre un buen estupefaciente contra la ebriedad del vacío interior, los cambios repentinos de planes, la fuerza de la corriente del sistema humano o el auto desconocimiento.

El salón de clases es un enjambre de voces cuando se suponía ser una tumba por el examen nacional de fin de semestre. Al parecer les jackearon el sistema computacional y los administrativos están apurados en repararlo. La maestra de Mate está explicando ecuaciones en otro salón. Su explicación se sale de tono y traspasa las paredes y puertas cerradas. No es para mí. Lo de enseñar a chicos malcriados. Yo monitoreo la paz de los pasillos, para lo cual mato el tiempo escribiendo frases interrumpidas, mirando de una lado a otro, busco sin buscar, o sin saber qué, de la ventana a los muros, las filas de lockers, la bandera a mitad del pasillo, frente al reloj que lee 8:36 am, el am lo imagine yo, el reloj solo tiene números y manecillas. La pared es blanca con mosaicos color crema en la parte inferior. Sobre la ventana, en la pared hay un cuadro amarillo como fondo de un paisaje marrón, donde un velero con vela izada cruza justo frente al horizonte; podría ser amanecer o bien podría ser atardecer, el sol es gigante en relación a los demás elementos del cuadro. Al lado derecho del cuadro en mayúsculas y en forma vertical, también en rojo, se despliega la palabra POQUOSON, el nombre de este distrito.

Sincerándome, es fácil matar el tiempo con palabras. Antes de que empezaran los exámenes, pasó por aquí el director de la escuela, y viendo que me había sido asignado monitorear, señalo que debería haber traído un libro, un libro atestado de palabras naturalmente, es la mejor arma contra cualquier posible ¿Mal tiempo? Le respondí que había olvidado mi libro. Como no quedaba ya tiempo de bajar a la biblioteca a pedir uno prestado, decidí hurgar,  y hurgar los más hondos silencios, los cuales resultaron ser necios en mostrar mi debilidad para sacar algo de sus minas. Pero con algo de la determinación que solía poseer años atrás, logré juntar suficientes cuentas dialécticas, y extraer de mi polvoso estado mental estas frases sin pulir, quizá un día brillarían como piedras preciosas en una hermosa alhaja, quien sabe.

Por lo pronto, sé que ha sido embriagador sacar ventaja de un cambio desafortunado, escribir es mucho más estimulante que leer o asistir una clase donde la mayoría de estudiantes no quieren aprender, a esas alturas del año, Mayo 21 todos están hartos de cumplir con el requisito de asistir a la escuela día tras día. Estoy convencida nuevamente de que escribir es lo mío. Decidido y asentado.

Entre el horario de la mañana y la tarde, tenía media hora para comer y transportarme de la secundaria a la primaria, donde cubriría la segunda mitad del día. Estoy sentada en el carro frente a la escuela, espero y nuevamente la necesidad de matar el tiempo se agarra a las palabras. Leí lo que había escrito en la mañana, aunque podría haber tomado siesta, mi estado emocional está demasiado activo para dormir, que se friegue el cuerpo cansado, seguiré escarbando el paisaje y construyendo sobre silencios. Me encanta la música, ha comenzado a lloviznar y yo escribo apoyada en el volante.

B.O.M. Imagen de la red.

Nota: Quería publicar en este 14 de febrero. En un principio pensé en publicar cartas de amor de alguna celebridad literaria, Virginia Woolf por ejemplo, y buscando encontré unas apasionadas cartas de Leonard a ella, perfecto. A la mera hora me dio cosa, como que estaba inmiscuyéndome en un asunto privado, eso tienen las cartas personales.

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Sobre nadar

Dicen que nadar es bonito. La verdad yo nunca aprendí a nadar, de hecho por poco ni me acerco al agua. Cuando era chica era más fácil mi relación con el elemento vital. Jugaba descalza en los charcos después de la lluvia con otros niños, aunque mientras llovía tupido con truenos y relámpagos, buscábamos guarida en cualquier techumbre o caverna si andábamos en el campo. En temporada de riego, disfrutábamos bañarnos en los canales y pozos que conectaban los canales de un lado de la calle a otro. Los pozos eran angostos y cubiertos de concreto para mantener limpia el agua, a los lados les habían colocado unas varillas dobladas que fungían de escalinatas al fondo, no sé con qué fin las habrían puesto allí, quizá por si algún día necesitaba alguien bajar a sacar algo, alguien. El agua bullía del fondo del pozo con fuerza, pero era una de clavadistas irresponsables jugando a bajar y subir empujados por la fuerza de la corriente. De recordar eso, me estremezco. Lo que cuesta crecer.

Es cierto, veo a los nadadores y admiro la facilidad aparente con que se deslizan en la transparencia informe, desafiando la gravedad, se ven ingrávidos, podrían salir flotando como globos inflados en cualquier momento si no fuera por la viscosidad del agua.

Piscina inspirada en Van Gogh te permite nadar en 'La noche estrellada'

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Olvido

Estigmas: ¿son reales las heridas “milagrosas” iguales a las de Jesús que  sufren algunos creyentes? | Muy Interesante
A veces el olvido es un recuerdo inmemorial
que se manifiesta como un estigma en la piel.