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A tiempo

Tu tiempo refleja qué es lo más importante para ti?

¿Cómo rayos vine a parar aquí? No sé, y por más que lo he pensado, estoy llegando a la conclusión de que es imposible saberlo. Es un instante de lo más extraño, podría tener 13 o 14 años de edad. Todo es estúpido últimamente, sobre todo la escuela.

Segundo año de secundaria equivale a:  matemáticas- ¡dénme un tiro! Idioma..pff, igual a escribir ensayos sobre bobadas, y si no, baja la calificación-sermones en la casa-eso de acostumbrar a los padres a las buenas calificaciones– Álgebra-no sirve para nada-los maestros de matemáticas escupen ratas y veneno para matar ratas, matar ratas es estúido.

El profesor de inglés piensa que es un catedrático, pero no del idioma sino de literatura, de filosofía, de escribir libros, books, aparte, se pone roñoso con la gramática y la ortografía. Para colmo mi mamá piensa que es normal. ¿Qué le pasa a este mundo?

Una de las cosas que extraño es jugar sin pensar en el tiempo, ahora todo tiene que ver con el tiempo, a tiempo todo, a tiempo, a tiempo, y al tiempo no le caigo bien, estoy seguro.

Los adultos parecen ser amigos del tiempo, hacen todo a tiempo sin quejarse. Yo, por primera vez en mi vida, me doy cuenta del tiempo…y en qué forma.

Este es un…era un instante de lo más extraño…

B.O.M. imagen de la red

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Ruido de moscas

Pero no caí. Me agarré a una cuerda vieja que colgaba del techo antes de todo. Aún estoy pendiente del más mínimo giro, y del ruido de las moscas, a quienes estoy profundamente agradecida por mantenerme despierta. Sería una catástrofe quedarse dormidos así.

He visto caer cuerpos  desde que ocurrió el colapso, los he visto perderse en el derrumbe, algunos gritando con las pocas fuerzas que quedaban, otros sin tiempo siquiera de despertar.

Quedamos tres aferrados a la cuerda,  esperando que ésta resista el peso. La cuerda quedó atorada en una varilla a la hora del derrumbe. 

No queremos caer al precipicio de los escombros. De pronto, uno de ellos empieza a gritar y a sacudir la cuerda. El verdadero peligro está aquí, en la cuerda de la locura. Yo sigo pendiente del ruido de las moscas.

B.O.M

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Alicia años después del país de las maravillas

Alice in Wonderland [2010] - IGN

Llegué de trabajar a las 2:30. El estaba sentado en el sillón con un vaso de agua y hielo, más hielo que agua.


Dijo que no hacía mucho había terminado de arreglar la puerta de la barda en la parte de atrás de la casa, por donde estaba el pasadizo. Recién terminaba, dijo.


Asumí que no era tan recién, pues estaba vestido con ropa normal, no de trabajo, lo que indica que ya se había bañado, y por el olor en la cocina, había comido. Dos rosquillas con queso…dijo.


Luego saltó al tema de las botas… mis botas cafés. Cuando entró de arreglar la puerta, se topó con unas botas que parecían listas para tirarse a la basura, para llorar. Entonces ví las botas relucientes.


-No soporto ver una persona con los zapatos sucios, dijo- Eso lo sabemos los dos. Yo lo sé y sentí un poco de pena ante el nuevo lustre de las botas.


Le agradecí que las haya limpiado, al tiempo que sonreí divertida por su intolerancia, ¿o es amor?


Más tarde me sentí eufórica no sé porque, fue como pasar de una realidad a otra más emocionante. Analicé un poco y una parte mía insinuaba que era buen augurio, intuición de que algo bonito iba a ocurrir nuevamente. Otra parte de mi, me previno de confiar en esos arranques que a esta edad podrían ser trampas hormonales. La vida nunca es lo mismo después de Wonderland.



Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red

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Desde el naufragio 1

Ya perdí la cuenta de los días y noches de naufragio que he pasado en esta balsa, navegando el mar con la mirada al cielo. Para no caer en completo desaliento, me digo que son seis días y cinco noches de firmamento estrellado, sin memoria. Voy solo, hablando a ratos para reanimar las palabras que parecen ir muriendo al hacerse innecesarias. Callado lo más de la travesía, pero callado sólo por la lengua; en el interior del hombre áspero de barba crecida en el que me he convertido, con la piel quemada por el sol y el reflejo de las aguas atroces, que salpican de sal la marea en mi pelo, en el interior de ese ser cada vez más extraño, miles de conversaciones suceden; algunas conversaciones pertenecen a tiempos distantes entre sí, pero dentro de mi mente, los diálogos se van erigiendo como sistemas de vialidad urbana, cruces elevadizos, y anillos de vías emergentes, extendiendo sus dimensiones al placer silábico de las palabras hasta que nos vence la fatiga.

Las olas chocan contra mi barca perdida, y yo les aprendo ese lenguaje de energía marítima. Aprendo del mar donde naufrago. Con el tiempo, las olas y yo hablamos un solo dialecto, ya sobre la proa, junto a la Gorgona del viento que sopla su sueño polar de mejillas regordetas, ya sobre el timón imaginario, roto y reemplazado por un par de remos, entre los salvavidas de viajeros ahogados que el mar siempre recuerda. Hablamos largas conversaciones el mar y yo.

Cuando hablamos el mar y el yo que olvidó su dialecto, el extravío y la soledad ya no asustan.

B.O.M. imagen de la red

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Catársis

Maneras de mirarse en el espejo — Ino Experience Art


La gente no hablaba con ella. Era raro que al verla en la calle le dirigieran siquiera la palabra. Cuando lo hacían, hablaban como se hace con alguien que está perdiendo la cabeza. “¿Estoy realmente perdiendo la cabeza?” queda siempre la duda.

Con los pasos de la gente se alejan sus miradas al anochecer. A ella, una sola pregunta la acompaña por callejones y negocios con cortinas todavía abiertas: ¿A dónde van a parar esos ríos nocturnos?

Dos niños patean una lata de refresco vacía, vigilados por una anciana sentada en un banco a la entrada del número 167 de la calle Mújica. Cuando los niños ven venir a la mujer, asustados por su cara deforme, abandonan el juego en los adoquines y corren en direcciones opuestas. Toño, el más pequeño, corre junto a su abuela. El Fer corre al tanteo “La cuestión es hacerse a un lado”

Estela busca en la cara de la anciana nonagenaria, una señal amistosa “Tampoco ella va a hablar” es inútil.

Se marcha por el mismo callejón de siempre, caminando esta vez entre derrumbes de un terremoto. Tiene suerte de estar viva. El campanario de la iglesia casi le cae encima, pero a las primeras sacudidas de tierra, se levantó y corrió. Lo que no pudo salvar fue la manta negra donde se sentaba a pedir limosna.

Los gatos habían desaparecido del cuartito durante el día. Al entrar y no encontrarlos, Anabel pensó lo peor. Al oscurecer regresaron las dos gatas siamesas que la gente confunde por ser blancas. No paso mucho tiempo para que el gato cenizo también la observara sintiéndose sola. Estela se alegró de verlos, y les sirvió leche en un tazón. Los gatos lamieron hasta la última gota de leche.

“Ven, vengan aquí, vamos a platicar un ratito; cuéntame –dirigiéndose al gato cenizo que apuró a sentársele en las piernas- ¿Allá donde andabas no te dieron leche? “No” “No existe” “Pobre cenizo” “Y dime, ¿conociste muchas gatas?” “Lo sé, el temblor sacudió muchas relaciones, cimbró esperas, derribó conversaciones…¡sh!” “Sí, sí, lo sé, otra vez el martilleo” “ no es fácil adaptarse a las restauraciones, son nuevas presencias, sobre todo para los gatos” “sh,sh,sh” “Soy tan feliz de poder hablar con ustedes”

De pronto, el pelambre del gato cenizo se eriza de manera inexplicable, el arco de su columna se levanta, como si la desconociera. “Debe haber escuchado algo más” “¿Qué es cariño?”

La mujer trata de apaciguarlo pasando su mano de forma delicada, de la cabeza al cuello, pero en lugar de tranquilizarse el animal reacciona agresivo. Ella siente la mano pesada, desea alejarla del gato enfurecido, es imposible, tal parece que la mano crece, crece en tamaño y peso, ya está del tamaño del resto de su cuerpo. La enorme mano trasiega buscando algo, busca el gato, busca las piernas, el piso. No encuentra nada.

Anabel tantea en la cama el lado de su marido, entre sueños pasa la mano por la almohada, al sentir el espacio vacío se pregunta qué horas serán. Al abrir los ojos, ve que ya está amanecido. Se levanta con torpeza. En el lavabo se salpica la cara con agua fría, mira un instante al espejo, entonces todo vuelve a suceder como en una película, los detalles se van recapitulando uno a uno, pero ¿Quién jodidos es Estela?. Anabel siente otra vez la pesadez en las manos.

Sabe lo que está a punto de suceder. Retira la vista del espejo.

Alguien llama a la puerta. Es la camarera que trae notificación de la hora de entrega de habitaciones. Hasta entonces, Anabel no recordaba que había pasado la noche en un cuarto de hotel. Después de que su marido la abandonó, se dijo a sí misma “Si tú me abandonas, yo también te abandono”. Ahora sabe que se encuentra a salvo.

Beatriz Osornio M. Imagen de la red

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Talking to fireflies

To Kristian and Markos


Do fireflies glow just at night or do they glow during the day too? | CBC  Radio

The strangest thing happened the other day at home. It must have been midmorning. After Brian and l finished watching our favorite tv show, l grabbed the remote control from Brian’s hand and l switched the tv power off. Then, I ran away to the other room. He chased me about.

“Give me that remote control! l want to watch more tv.” He yelled.

“ l won’t. lt’s mine!” l replied.

Lately, l enjoy teasing people. l don’t know why, but it’s just quite funny the way they get grumpy, especially my little brother Brian. l think it has become a habit to bother him. It can lead me into trouble though, but l can’t help it.

“No, it’s mine! Give it back, I’m telling you!”

l mimic every word he says and that makes him so mad.

“Take it! If you can… loser!” l tease.

l let him come closer and lift the remote control up above my head, so he couldn’t reach it. He pushed me and l nearly fell over. l felt the soft keys of the remote as l pressed it tighter. Perhaps, unconsciously, l was trying to grasp some support.

“Josh!” yelled Brian.

“You’re making me fall!” l said.

“Josh?” Brian insisted.

“What?”

“There is a firefly in the house!” he replied emphatically.

“Yeah, right? You’re kidding me aren’t you?”

“No, l saw it!”

l laughed, saying, “And, how do you know it’s a firefly?”

“It lit up. l saw it twice!” said Brian showing his two fingers like rabbit ears.

“Light bugs in the middle of the day? They are nocturnal creatures. l don’t believe you!”

“What do you mean by nocturnal?” enquired Brian.

“Nocturnal, you know…awake at night and asleep during the day. You get it?”

“Ah, yes, l get it!”

l couldn’t see the light. l could only see an insect flying around and hiding now and then behind the objects, or in the shadows.

Brian, who is a pretty smart kid for his age, but no more than me, that’s for sure, didn’t know how to make the firefly light up again.

Suddenly, it occurred to me. If we pressed the power bottom on the remote control, a yellow light shone from it. “It may work.” l thought. So, l did it. And it worked!

l kept pressing the key and the firefly seemed to come out of the water colored landscape picture, from within the dark green shadows of the trees. It came closer and closer as if following the light, or perhaps, answering to a signal.

Out of nowhere, we were communicating with a firefly. That was pretty cool. Brian wanted to keep it as a pet, so, for hours, we played with it, until we lost it somewhere in the house.

One morning, weeks later, my mom was preparing breakfast and Brian was playing on the kitchen floor, when l heard some sort of discussion.

“Don’t step on the firefly!” said Brian.

“What are you talking about?” replied mom.

“Look!”

He showed her something on the floor.

“That is only a bug, love!” she said.

“No, it is not just a bug! Josh knows it is a firefly, don’t you Josh?” –said Brian

shouting at me.

“It doesn’t have its flashlight on” mom joked.

l said from where l was drawing a bird for my new predator’s book “Mom, a body like a sunflower seed and an orange head equals a firefly, duh!”

We don’t know if it was the same firefly from weeks ago, and we don’t know what it was doing in the house again. l figured it wasn’t the same one. Once, somebody told me, that fireflies don’t live very long. But now, it wasn’t just one question «bugging» me at all times. For instance, if it was a different firefly, what was it doing in the house? Why in the middle of the day? Were we really talking to fireflies? Will they be back? l think l will find the remote control again, and we shall see.

B.O.M. Imagen de la red.

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El único testigo

Qué terrible pensar en esos ojos, así, fuera de los sockets como estaban, como si los hubieran exprimido del cuerpo inerte, ya fríos.

Roberto salió del bar poco después que sus amigos, Fabían y el Javi, quienes tenían que regresar a la oficina a entregar reportes del día, según se excusaron.

Como aun era temprano, Beto decidió caminar, tomar la ruta larga para compensar el tiempo; se había propuesto en la tarde, pasar una de esas noches locas, y si no locas, largas; no volver a casa antes de la media noche. Pero lamentando que sus amigos le habían aguado la fiesta, pues no le agrada beber solo, y el bar los lunes está casi vacío, se echó a andar sin rumbo fijo, deambulando por avenidas, calles y callejones que él nunca había notado, iba distraído en sus propios pensamientos y algún repentino recuerdo se adueñaba de la noche.

De pronto, junto a una planta que podría ser bugambilia porque su forma se abrazaba a la esquina del edificio, vio un bulto quieto, más oscuro que la sombra que proyectaba la planta iluminada por la luna, como si vaciara un tinaje en el asfalto. Instintivamente, Roberto se detuvo, algo alcanzaba a brillar del bulto inerte, lo cual le produjo un calosfrío que estremeció todo su cuerpo.

Cautelosamente se acercó un poco más, la luna le abrió el paso. Se acercó hasta estar frente a un muerto, literalmente, parecía tener el pelo mojado, pero, pronto, Roberto se percató que la humedad era sangre, y que formaba también un charco en el piso. Entonces, al mismo tiempo que le vio los ojos desorbitados, saltando de sus cuevas, detectó un olor indescriptible, dulzón, como la sangre coagulada, nauseabundo, dio un paso atrás y se alejó lo más rápido posible, dando zancadas alcanzó la avenida que lo llevaría a su domicilio; en el trayecto vomitó dos veces.

Ya en su casa, debatiendo por horas el curso que debía tomar, reportar el hallazgo o quedarse callado, era imposible decidir en esas circunstancias, finalmente, deseando que se tratara de una pesadilla, de la cual, en cualquier momento va de despertar, se quedó dormido.

BUENOS DÍAS!...encontramos ojos por todos lados, en esta imagen surrealista  de Marcel Caram y hasta en el evang… | Surrealism painting, Dali art,  Salvador dali art

B.O.M. imagen de la red.

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Un pasado improbable

Surrealismo - Artelista.com

Soñó que alguien la quería al punto de hacer cualquier cosa por ella, literalmente, y al parecer un día se le cumplió. Lo conoció en un restaurante a la hora del almuerzo. Parecía un buen hombre, bronceado, de estatura media con músculos firmes, lo que contrastaba con su personalidad cándida y un tanto insignificante, expresión suave, cabello crespo, negro y muy acariciable, como suele decirse entre amigas.

Era en verano, lo que para ella sería de principio una aventura casual. Tomó un trabajo temporal en la central de abastos del estado de México, en busca de fondos monetarios para prodigarse tratamiento dental urgente. El era estibador y asistente de bodega. Quizá su limitación de personalidad era cuestión de actitud, de qué otra forma ponerlo, su educación era precaria, no había terminado ni lo que en este país se conoce como educación primaria. No tenía aspiraciones de un día ser educado, hacer carrera, conseguir mejor empleo, pero sobre todo transformarse a sí mismo en alguien de conocimientos. Lo más cercano a una ambición de conocimiento institucional, era de la liga de lucha libre, por lo que tenía una afición y aspiraciones de un día llegar a ser uno de esos buenos actores enmascarados.

Eran muy jóvenes. Ella estudiaba la secundaria. Su personalidad juguetona fue la que le llevó a aceptar la propuesta de una relación amorosa con alguien a quien consideró de inmediato distinto a su tipo. Sabía que a final de mes, todo aquello (trabajo de mesera y mensajera) incluyéndolo a él quedarían sumidos en algún rincón oscuro de la memoria. Pasaron buenos ratos, entre juegos y manoseos adolescentes. El cada vez se iba clavando más en la relación mostrándose cercano y hasta dependiente de dicha relación, a ella le hacía gracia presenciar la perturbación del hombre ante su blanquísimo seno, desnudo a propósito. En el sueño, le tomaba la mano y la guiaba hasta las partes más femeninas que él no se atrevía a tocar, lo que indica que quizá entonces él también haya sido todavía virgen. La estaban pasando bien.

Tres días antes de marcharse (a pesar de que le profesaba un trato amoroso que ella misma considera hasta la fecha, sincero) estaba segura de que no habría problema en decir adiós. Pero llegó el final de mes y no fue así.

Paso a despedirse por la mañana, sus ojos estaban más nostálgicos que de costumbre, temió verle llorar pero la que terminó llorando fue ella. Él prometió que un día la buscaría, “sí como no, pensó,” y se marchó triste y confundida. A lo lejos volteó y él todavía estaba allí en el pasillo de la central mirándole hasta desaparecer en la esquina, donde le pareció ver que levantaba la mano para decir adiós.

Finales de agosto, hacía calor en el autobús. Fue el viaje más largo de su vida.

Unos meses después, recibió regalos inesperados. Los buenos momentos se reavivaron en su mente, y lo que antes parecía algo disparatado, empezó a sonarle como una promesa con esperanzas. Se dejo envolver por un sentimiento dulce. Dejo de sentir pena al renunciar a las solicitudes de los chicos de su clase, a quienes comparaba con Ubaldo, y pese a las obvias ventajas de un mejor futuro, su gran desventaja fue ser comunes y ordinarios. Para ese entonces ella se había puesto ya al día en lo referente a la lucha libre.

Una media mañana de domingo de un mes olvidado, en que Lidia miraba el televisor, entró su madre a avisar que alguien la buscaba, a lo que respondió indignada por la absurda interrupción del programa de lucha libre, retrasó su atención en el asunto. Después del segmento del espectáculo, durante los anuncios se dio por fin a descubrir quién podría ser el misterioso visitante. Casi cae de la sorpresa. Era él. Había dado con ella pese a una gran serie de tribulaciones.

Caminaron a orillas del lago, él insistió en que se casaran. No desistió ante la primera negativa. Lidia lo amaba, creyó que lo amaba. Pero si él no tenía aspiraciones, ella sí. Debía marcharse a otra ciudad en busca de una oportunidad para estudiar, era un mal momento para el matrimonio.

Ya en Noriega, anduvo sin residencia permanente por unos meses, no hace falta dar detalles de cómo fue a parar de interna en un convento. Luego de unos meses de ocupaciones en los estudios de turismo, recibió otra visita sorpresiva. Lo recibió en el vestíbulo, pero estaría en chino encontrar una excusa para salir. La directora del convento era audaz y no se tragaba cualquier cuento. Y ella, entre emocionada y preocupada por lo que implicaba, o imaginaba que implicaba todo aquello (Ubaldo, no recuerda su apellido, siguiéndola hasta el fin del mundo), debía verlo.

Hizo que se marchara de momento, e indicó que lo vería más tarde en el jardín cercano a San Diego.

Llevó a la cocina la canasta de dulces regionales que le había traído. Aprovechando que la directora estaba allí, y se apresuró a preguntar quién era el apuesto visitante, Lidia dijo que se trataba de un pariente lejano, vivía en Puebla, había venido a la ciudad por un asunto personal y le había prometido salir a comer con él. Y así sin más vueltas al asunto, le ofreció una alegría de ajonjolí, consiguiendo sin chistar el permiso para salir. La directora estaba de buenas y le valió poco la excusa, lo mismo hubiera dado que le contara una de chinos.

El encuentro fue más de contacto que de palabras, se besaron como si quisiesen devorarse.

Ubaldo (Lidia no recuerda su nombre completo) se dejo guiar por ella en la ciudad desconocida, mientras sin arrumacos y excesivas explicaciones comentó lo impresionante de las montañas y la belleza que encontraba en el lugar. Se besaron por las calles sin saber que aquel sería su último encuentro.

El tiempo paso, ella se mudó a vivir con una amiga de la escuela, de lo que no aviso al pobre Ubaldo, más por distracción que por falta de consideración. Ella se dedicó a vivir un presente apremiante, lleno de cambios, retos y promesas, que fueron moldeando sus sueños y nuevas ambiciones. Y así, ella hoy, convertida en gran periodista me ha contado a mí, aprendiz de escritora, amante de los romances, entre divagaciones de un pasado improbable, lo que pudo haber sido su presente al día de hoy.

B. O.M imagen de la red.

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Las ciudades de Adán y Eva VII

El submundo

Submundo - Album by Submundo | Spotify

Incontables fueron los intentos por abandonar la ciudad, pero el subterráneo se prolongaba cada vez más, a pesar de que los grupos se fueron multiplicando para los relevos de la excavación. El cansancio y el desgaste de las herramientas, orillaron a muchos a echar raíces en los túneles que se habían cavado con el fin de huir de las antiguas poblaciones de Adán y Eva.

Relevos de día y de noche que cubrían la labor de planeación, organización y mano de obra trabajaban sin descanso. Hasta que un día, desalentados por no ver futuro inmediato –como los marineros en alta mar, después de navegaciones largas- e imposibilitados para regresar al punto de partida, los hombres abandonaron las herramientas en su mella, y ellos mismo se entregaron al sueño.

Recuperadas las fuerzas por el sueño, los viajantes agrandaron las simetrías de los túneles en los cruces, formaron un cubo aquí, una escalinata allá, una habitación irregular más acá, conectada a las que calculaban –sin estar seguros- serían las aberturas primeras donde luego se hicieron los caminos.

Las herramientas dañadas fueron reparadas y las inservibles, reemplazadas por unas hechas de piedra. El trabajo continúo indefinidamente, pero ahora la meta era distinta; construir estancias para todos. Los habitantes se habían acostumbrado a respirar tras de las mascarillas que llevaban como protección contra el aroma sulfuroso de la tierra, mismas que con el tiempo ya no necesitaron.

Las excavaciones de ambos extremos llegaron a encontrarse en algún punto, pero los ateridos pobladores siguieron cavando sin cuestionar y sin siquiera considerar la posibilidad de poner fin al interminable proceso, continuaron alumbrados por las casi extintas lámparas de aceite, mientras seguían rotulando, penetrando y pensando que se alejaban de sus orígenes, que un día llegarían a otro lugar, que sería posible ver nuevamente brillar el sol.

Cuando las provisiones se agotaron, unas gentes conseguían bellotas, otras descubrieron corrientes subterráneas de agua dulce y consumieron de todo lo que en ella y a su alrededor viviera. Ahora ya solamente trabajaban cerca de los recursos, donde la proliferación de familias sobrevivientes salió a relucir.

Las flamas de las lámparas finalmente se extinguieron, los hombres tuvieron que acostumbrarse a ver en la oscuridad, guiados sólo por el destello instantáneo de algunas estalactitas y minerales de cristal. Había partes calurosas, sofocantes por la falta de oxigeno, otras heladas y difusas por un gas azul. En las partes húmedas no era posible sacar fuego del golpe de las piedras, por lo que la mayoría de los alimentos se consumían crudos y a temperatura ambiente. Las muecas y los gestos de la gente pasaron a ser irrelevantes, se andaba sorteando bultos, trasegando el vacío por delante como los ciegos. Ya no recordaban el nombre de sus antiguas ciudades, ahora eran un pueblo distinto, un pueblo de subterráneos, cuya única actividad era cavar, cavar a ciegas, cavar, cavar… hasta que un día, la tierra tembló y el submundo se estremeció.

Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.