Recaída de Silencio

Me pongo a no hablar de todo

como si fuera monopolio de oídos,

y el bullir de voces alrededor

fuera de mí

penetra la casa, la calle sola

y la ciudad en protesta.

 

Las voces distantes

en el otoño

se acercan tanto,

tan cerca

que vuelven inalcanzable

el alma de un colibrí.

 

La voz de una hermosa mujer canta

“I want you to stay”

Mientras la gente

hace mil preguntas,

ella canta.

 

En medio de todo,

yo me pongo a seguir callada

porque cuando escucho,

el silencio habla.

 

A veces el silencio habla de mí

otras veces habla del mundo,

hoy el silencio me habla de ti

y de silencios.

 

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Beatriz Osornio Morales. imagen de la red.

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Sus Pasos

         Hay veces que ella camina por la casa con los pies descalzos, mientras yo duermo y, entre sueños oigo y veo que en el silencio total de la noche, se levanta de la cama y se dirige por un mundo paralelo al baño. Yo sigo sintiendo su presencia felina junto a mí. En el baño, abre las puertas del tocador, imagino que se cepilla el pelo, le cae como cascada por la espalda a medio vestir; sólo un blusón de seda blanca con tirantes de tallarín a los hombros la cubre, su piel huele a loción de jazmín. Inclina un poco la cabeza hacia un lado, entonces le beso el cuello suave, con las manos apoyadas en sus hombros desnudos, despacio deslizo el tirante del blusón. La suavidad del blusón resbala por el relieve de sus brazos morenos. El espejo, cómplice, me muestra su sonrisa blanca. Detengo mi caricia en el pecho descubierto casi del todo “¡Qué belleza insoportable!” permanezco esclavo de sus pasos.

        De pronto, un movimiento en mi cuerpo pesado por el sueño, hace que escuche otra vez sus pasos, están bajando la escalera, ligeros por la alfombra que amortigua el ruido de cualquier peso, y más el de ella que es delgada. Embriagado de sutil misterio, exclamo: ¡ah, sé que voy a perderme en ese espacio de tan escasa luz! Veo a una mujer que se parece a Sonia bajando la escalera. Siento unas ganas locas de abrazarla, pero me detiene su gesto de seriedad, entonces doy un paso hacia atrás para dejarle el paso libre.

        De afuera llega la marcha de un auto, primero se acerca, se hace ruido en la calle y a en seguida, se va desvaneciendo en la distancia.

        El ruido de un golpe como el cerrar la puerta o la cajuela del carro, me hace brincar del sueño, despierto sobresaltado y oigo que Sonia sigue en la cocina organizando los trastos, no le gusta dejarlos sucios para el siguiente día.

        Siento que he dormido largo rato pero veo el reloj de la cómoda, y me sorprende ver que son apenas las 11:10pm.

          El tiempo se detiene, cuando por fin sus pasos ascienden la escalera.

 

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Beatriz Osornio Morales. imagen de la red.

Hablando con Luciérnagas

                                                                                                A Markos y Kristian

 

Algo de lo más extraño sucedió el otro día en casa. Debe haber sido media mañana. Después de que Brian y yo terminamos de ver nuestro programa favorito de televisión, le arrebate el control y apague la tele, luego corrí a la otra habitación y él me siguió.

-¡Dame ese control remoto! quiero ver más tele- grita Brian.

-No lo haré. ¡Es mío!-

Ultima mente no sé porqué disfruto tanto guasear a la gente, es algo divertido ver como se ponen gruñones, especialmente mi hermanito Brian. Creo que se me ha hecho habito molestarlo, aunque eso puede meterme en problemas, no puedo evitarlo.

-No, ¡es mío! dámelo te estoy diciendo.

Remedo cada palabra que dice y eso lo enoja tanto.

-¡Tómalo si puedes…tonto!- guaseo.

Dejo que se acerque más a mí mientras levanto el control remoto por sobre mi cabeza para que no pueda alcanzarlo. El me empuja y casi me caigo. Siento las teclas suaves del control remoto mientras presiono fuerte, quizá, inconscientemente, trataba de agarrarme a algún soporte.

Josh! -grita Brian.

-Vas a hacer que me caiga-

-¿Josh?- insiste Brian.

-¿Qué?

-Hay una luciérnaga en la casa- responde enfáticamente.

-Sí como no. Estas bromeando, ¿no es cierto?

-¡No, la vi!

-¿Y cómo supiste que es una luciérnaga? digo riéndome.

-¡Aluzó y la vi dos veces!- contesta mostrando dos dedos como orejas de conejo.

-¡Un bicho de luz en pleno día! Son criaturas nocturnas. ¡No te creo!

-¿Qué quiere decir nocturnas? indaga Brian.

-Nocturnas, ya sabes… despiertas de noche y dormidas de día ¿comprendes?

-¡Ah, sí, comprendo!

No podía ver la luz, sólo podía ver un insecto revoloteando y escondiéndose de vez en cuando atrás de los objetos, o en las sombras.

Brian, que es un niño muy listo para su edad (aunque no más que yo, eso es seguro) no sabía cómo hacer que la luciérnaga alumbrara otra vez.

De pronto, se me ocurrió que si presionaba la tecla de encendido del control remoto, una luz amarilla brillaría, -puede funcionar- pensé, así que lo hice y funciono.

Presione la tecla continuamente, y la luciérnaga pareció salir del cuadro de acuarela, de adentro del paisaje y las sombras verde oscuras de los árboles. Se acercó más y más como siguiendo la luz, o quizá respondiendo a una señal.

De la nada estábamos comunicándonos con una luciérnaga. Eso fue genial. Brian quería quedársela de mascota, por horas jugamos con ella hasta que la perdimos en algún lugar de la casa.

Una mañana, semanas después, mi mamá estaba preparando el desayuno y Brian jugaba en el piso de la cocina, cuando oí una especie de discusión:

-¡No pises la luciérnaga!-dijo Brian.

-¿Qué dices?- preguntó mamá.

-¡Mira!

Le enseñó algo en el piso

-¡Es sólo un bicho, cariño! exclamó mamá.

-No, no es sólo un bicho. Josh sabe que es una luciérnaga ¿verdad que sí Josh?- Brian gritó. 

Yo respondí desde donde estaba dibujando un pájaro para mi nuevo libro de predadores: “mamá, un cuerpo de semilla de girasol con una cabeza naranja, es igual a una luciérnaga, dah!

-¡No tiene su linterna encendida!- bromeó mamá.

No supimos  si era la misma luciérnaga de hace semanas,  ni qué estaba haciendo dentro de la casa otra vez. Creo que no era la misma. Alguna vez alguien me dijo que las luciérnagas no viven mucho tiempo. Pero ahora, no sólo una pregunta me agusana todo el tiempo. Para empezar: ¿Qué estaba haciendo dentro de la casa? ¿Por qué en pleno día? ¿De verdad estábamos hablando con luciérnagas? ¿Volverán?

Voy a buscar el control remoto y veremos.

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Beatriz Osornio Morales, imagen de la red.

Tengo que Decirte Algo

Tenía pensado renacer con el día,

asomarme al cementerio del alba

y pensar en ti…

En ti que renaces de las aguas,

las mujeres calladas hechas una fiesta

por dentro, en sus ojos esta la primera señal

de lo que hay bajo la piel de las manos,

la línea de sus carnes más suaves.

 

Eras experto en mirar donde pocos miran:

su cabello hecho una montaña, cayendo

una cascada hacia la red subterránea

donde trenes llenos de niños y tigres

y albatróces emigran;

me cantabas a la orilla de aquel río

en la avenida.

 

Tengo que decirte algo:

hace tiempo que vengo muriendo

con cada noche eterna a mi costado.

muero del olvido a tus alas ausentes;

 

A ratos imagino que todavía existes

y que con solo pensar el morir se revierte,

es posible renacer en el pensamiento

en las pasiones más ocultas,

en el deseo que se quiebra

bajo la rama de un árbol.

 

Tenía pensado renacer la mañana…

asomada a las tumbas abiertas y

cerradas con las horas del día:

Ahora solo tengo que decirte algo;

Los niños se han peinado ya para la escuela.

 

 

Beatriz Osornio Morales.

Cruzando Fronteras

Para todos aquellos que han tenido que cruzar alguna frontera.

UNA LUZ MÁS

003-Salvador Dali - the dream of venus, 1939

Naturalmente eran solo recuerdos ¿Cómo podrían ser algo más que recuerdos?

En aquel entonces no te ocupabas de la política; de la doméstica te entendías bajo el agua, bajita la mano como te enseñaron las tradiciones religiosas de la familia. A la política internacional la desdeñabas, sintiendo quizá que si te interesabas en ella, estabas traicionando tu patriotismo arraigado por la experiencia de unidad familiar. Creciste sabiendo por tu padre, que tus ancestros habían sido parte vital de muchos acontecimientos históricos, sobre todo en tiempos de La Revolución Mexicana, eso te hacía sentir orgullosamente rebelde, pero un día tuviste que saber lo que en realidad se necesita para rebelarse de fondo y no solo con palabras, también tuviste que entender que una cosa es aprender historia y otra entender de política aunque vayan de la mano.

Para que le buscaras  el hilo a la política doméstica tuvo que pasar lo…

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LUZ GRANDE

La luz es más grande que tu,

más grande que yo,

la fábrica, el río y las escuelas;

más grande que las tiendas

departa-mentales,

es tan grande

e insidiosa para el insomne,

como insignificante

para el noctámbulo

que duerme de día.

 

Y hay una luz, aún

más grande que la luz…

cuando me veo en tus ojos.

 

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Beatriz Osornio Morales, de Caligrafías de Sol.

Imagen de la red.

Diálogo de Pequeños Silencios

(Los silencios discutían una tarde tranquila a orillas de la palabra)

-Dices que hablar por hablar es lo mismo que estar mudos.

-Sí, el problema no es cuando te veo frente a frente, la postura se entiende…más no siempre se goza de tan prestigiada postura como es la presencia.

-¿Entonces cuál es el meollo del asunto según tu?

-Los pequeños silencios… pero no como problema, sino como posibilidad ¿Me entiendes?

-Si los interlocutores no se miran, sobran las posturas, las palabras tendrían que bastar.

A eso me refiero precisamente. Las palabras nunca bastan…(pequeño silencio) ..eh, una mano sobre la otra en postura relajada, bajar los ojos en determinado momento, como sintiendo vergüenza…¿Me entiendes? (pequeño silencio)

( otro silencio)

-Si los interlocutores no se miran, la palabra es la determinación de lo que habrá de continuar, la medida…No hay silencios.

-Los hay, intermedios entre una palabra y otra, una frase dista de la siguiente en cuanto al receptor, hay distancia entre las palabras.

-Pero están las pistas del tono… dependiendo de cómo se digan las cosas, las pautas se van desdoblando puntuales como si emisor y receptor estuvieran frente a frente intercambiando posturas. Sonrisas.

-¿Podría existir el diálogo con solo palabras?

-Ellas son el diálogo en su postura, de la misma manera que las formas de las cosas visibles interactúan entre sí por medio de sus bordes, colores y espacios

—(pequeño silencio)

…y al observarlas podemos relacionarlas.

(pequeño silencio)

¿Sigues allí?

-Aquí sigo (pequeño silencio, mano izquierda acariciando la ceja derecha)

-¿Estás de acuerdo?

El otro silencio voltea hacia el monitor de la televisión.

-¿De acuerdo con qué?

– Con lo que hemos hablado…Siendo silencios…

-Los silencios no siempre hablan de lo mismo, por fortuna. Tú dices una cosa, el otro, otra, y el otro es sólo silencio.

-¿De qué hablas ahora?

-Respecto de la relación entre las cualidades de las cosas. Sigo pensando que las palabras de por sí, no son el diálogo como has dicho. La forma no es la cosa. El color no es la cosa, el espacio…

(pequeño silencio)

-El silencio tampoco es el diálogo…

(silencio prolongado)

-No, no lo es. Entonces ¿Qué es lo que hace que las palabras persistan y los diálogos expiren?

pequeño silencio-

-¿Los hombres?

-Quizás, y tal vez la vida…

 

 

Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red.

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HOJAS

Relámpagos

mano que escribe

en el otoño, estruendos…

lluvia de hojas

sobre letras salpicadas

de luz.

Las hojas secas

ayer intactas, caen un día

todas de golpe,

del verde

caen con el aire

a la luz,

en los parabrisas de los autos

llueven,

en el pasto quebradizas

caen, con la lluvia

y el viento fuerte

llueven,

con un rumor

de movimiento de rama,

caen, como vuelco

de hojas

en mi cuaderno

llueven. Y.

La luz se hace otoño.

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Beatriz Osornio Moral. Imagen de la red.

Nostalgia por el instinto

Debilitada por la inmovilidad le sorprende otro noviembre, y otro amanecer en que no hay más que una resaca de nostalgia por el instinto. Para evitar las paredes verde agua que le producen una sensación de nausea, cierra los ojos y piensa que sería bueno levantarse a trabajar, a  mover el cuerpo, a bailar con la poca alegría de los huesos, mejor aún conseguirse un amante cada mes, visitarlo en secreto dos veces por semana, los días que no tenga función; abandonarlo cuando sea tiempo, dejarlo llorando, olvidar, llorarlo hasta el cansancio, desaprenderlo de memoria en el libreto de coreografías pasadas, maldecir mientras camina a la parada del metro. Cree que las grandes ideas se conciben así, casi por accidente pero en movimiento.

A pesar de su cuerpo débil, a pesar de estar sola, quiere ir al bar, sentarse en la barra luciendo su cabellera negra y su vestido guinda que tan bien le sienta, pedir un JackDaniels derecho, un cigarrillo largo de esos que se fuman en las películas francesas y un vaso con agua, inventarle al barman una desgracia o pretender que tiene un oscuro secreto. Y antes de que decida ordenar el cuarto whisky tomar un taxi a ninguna parte, recorrer las calles de la ciudad entera y de vuelta.

En el taxi piensa que los sueños solían ser premoniciones, como el diseño de los pisos. Antes de entrar en algún lugar por primera vez, le sucede que ya conoce el color y el diseño de los pisos, lo mismo con las plazas públicas en distintas ciudades, y el interior de las cúpulas de iglesias, coreografías completas que la hicieron  famosa, también fueron producto de sus sueños. Pero ahora los sueños, de un tiempo a la fecha son cosas a medias, inconclusos de los que no es fácil despertar y volver a tener fe, ni fama.

Un hombre que me quiere es todo lo que tengo -le había dicho al barman-, dos hijos y un corazón tullido que no sabe corresponder al cariño, por eso estoy aquí bebiéndome la amargura del desamor propio.

Con el cuerpazo que tiene usted puede tener lo que quiera -dijo el barman- entre el ruido de la licuadora que mezcla una margarita, y las copas bajadas del peine con movimiento acostumbrado- Podría ser bailarina de cabaret, o de esas finas que bailan en los teatros y viajan por todo el mundo en sus exhibiciones, o modelo famosa, empresaria o… viuda con dinero!- ella le sonríe con indulgencia. El barman descansa las copas en una escarcha de sal.

En la cama trata de moverse, los dedos primero, una pierna, un brazo levantado al aire para mantener el equilibrio, como cometa, la otra pierna le cuelga de la cama, la cara casi totalmente inexpresiva, inmóvil, aunque por dentro sienta que un volcán de dolor le erupciona las vísceras. El dolor de la carne es un alivio cuando recuerda que todavía queda tiempo y vida, esto es distinto.

La enfermera le alcanza el certificado de alta junto con su ropa, y pregunta si le gustaría una silla de ruedas para bajar a la salida del hospital, a lo que responde negativamente con un movimiento de cabeza.

Ya está sobre sus pies al menos, entumecidos por el frío de la inmovilidad amenazan con desplomarle en una semana, un mes, un día, pero sus demonios adentro gritan más fuerte, ¡Levántate, anda!

En la bitácora de citas del hospital, al final de la lista, Sección Quimioterapias, queda junto a su nombre asentada la fecha para la próxima radiación.

En el taxi es presa de pensamientos insospechados. Las cortinas de terciopelo rojo se abren desde el infinito que dibuja la oscuridad superior,  pausadamente se descubre la figura de una mujer bailando sobre las luces de un azul tenue.

Frente a un residencial de departamentos el taxi se detiene por unos segundos pero nadie baja. En seguida el taxi vuelve a encender la marcha.

 

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Beatriz Osornio Morales,  imagen de la red.